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Mar
Sé que están ahí, pero no quiero verlos en mi cocina
The Washington Post se ha dado con la ética periodística y los derechos fundamentales en las narices. Después de que la Justicia americana aceptara por fin colgar el cartel de “se admiten matrimonios gays”, la cabecera, que cubrió la noticia, decidió ilustrar su portada del pasado jueves con una foto de dos hombres homosexuales besándose tímidamente frente a la Corte Superior de D.C. Los lectores no tardaron en mostrar su desagrado y repudio ante tal imagen. Y ante tal comportamiento que, según alguno de ellos, “promueve un estilo de vida marica”. Otros achacan a la cabecera que hayan incluido la información en portada: “Mis hijos lo pueden ver fácilmente sobre la mesa de mi cocina […] Esa información debería aparecer en páginas interiores (y sin foto)”.
Las críticas continuaban todavía durante el día de ayer. Y no sólo las críticas, sino que ya se han registrado 27 bajas de suscriptores que consideraron intolerable la publicación de dicha foto, especialmente en primera página. “Este tipo de asuntos es el que hace que la gente normal tenga ganas de vomitar. Las personas tienen hijos que quedan expuestos a esta mierda. Me sentiré feliz cuando su periodicucho fracase en su negocio. Los hombres de verdad se casan con mujeres”, justificaba tajante e indignada una lectora su decisión de abandonar la suscripción.
El defensor del lector del periódico, en su columna habitual, no ha dado su brazo a torcer: “¿Se excedió el Post con este asunto? Desde luego que no. La foto merecía ser publicada tanto en la edición impresa como en la on-line. Por ello se le dedicó la primera página”.
No dudo de la libertad de prensa en ese país, con sus más y sus menos pero evolucionada respecto a la nuestra. Pero me pregunto si en España se daría el caso con cabeceras como ABC o La Razón, por decir alguna. Y es más: ¿tendrían nuestros medios el valor de defender sus principios éticos y profesionales aunque ello supusiese pérdidas importantes en suscripciones (dudo que la historia acabe aquí) y un descontento considerable entre sus lectores habituales? ¿O por el contrario cederían su profesionalidad con el fin de acallar la polémica? En situaciones como ésta siempre me viene a la cabeza una premisa básica en comunicación: “Que hablen de mí aunque sea mal”.
Me quedo con una frase del defensor del lector: “Hubo un tiempo, después de que los tribunales ordenaran la integración, en el que los lectores se quejaban de las fotos de portada en las que se veía a negros mezclados con blancos. Hoy, las imágenes de parejas del mismo sexo capturan la misma realidad del cambio de la sociedad”.
Decía Kapuscinki que “el mercantilismo es el mayor problema de la ética periodística de hoy”. Señores/as: yo, al menos yo, me quito el sombrero ante la decisión de la cabecera.