21
Nov
El negocio de la miseria. POR FAVOR, COMPÁRTELO: Un trabajo para Iñaki
Iñaki es ex. Ex jugador de fútbol. Ex entrenador. Ex director de locales de prestigio. Ex profesor y estudiante de historia contemporánea. El pasado abril cumplió 50 años. Los celebró entre cartones y mantas en la principal calle de Elche.
Terco, reaccionario, cabal y responsable con las decisiones que ha tomado en su vida. Se arrepiente de no haber querido más de cuanto le ofrecieron en su momento. Le respondo que eso se llama humildad. Apunta que nunca quiso más porque no creyó necesitarlo.
El frío, no de la ciudad sino de sus gentes, le golpea día tras día. No es el que fue en los recortes de prensa que ha ido coleccionando a lo largo de su vida y que guarda a buen recaudo en un deslomado tomo de una enciclopedia de historia que viaja con él y que por las noches hace las veces de almohada. Las cejas se le han poblado de un blanco inusual, mitad hastío y desolación, mitad piel muerta que el tiempo ha desgarrado de su corazón, de sus cejas desdibujadas por los eccemas provocados por la lluvia y la sinrazón de quienes le esquivan la mirada.
Quien le escucha goza por asistir a una clase magistral sobre humanidad e historia, a partes iguales. Comparte su cartón conmigo, seco y resguardado de la caprichosa lluvia que hace un momento se ha despertado, y me ilumina sobre esa parte de la realidad que se mantiene en la sombra y que nadie quiere reconocer. Sabe, y dice, que reivindicar es cosa de todos. “Denunciamos muy poco las injusticias. Los que deberían quejarse no lo hacen por miedo a no tener un techo, algo que echarse a la boca o ropa limpia. O simplemente porque no saben que pueden y tienen el derecho a hacerlo. Es nuestro derecho, nos lo reconoce la Constitución sobre la que tantos han jurado”.
No admite caridad. No quiere comida ni dinero. Quiere que se le respete el derecho a trabajar y ganarse él mismo un plato de sopa caliente. “Nunca he suplicado ni lo pienso hacer”. Acepta un café con leche y una botella de agua. A cambio me cuenta, y destripa, la realidad de los espacios de acogida. “Cáritas es el mejor ejemplo de cómo hacer negocio de la miseria. Me sentí como una res más de cuantos llegamos en busca de cobijo”. Dice que aquel día le pidió a una voluntaria “un poquito de educación” con los que allí se amontonaban. “Ante todo soy persona y tengo mi dignidad. Ella me respondió que así eran las cosas y que ‘si me esforzaba’ seguro que podría tener algo que comer ese día”. Salió de Caritas y no volvió.
Desde que abandonó sus Baleares natales ha viajado como ha podido por toda España. “Al principio tenía dinero y podía permitirme vivir en hostales o pensiones. Todavía me sentía fuerte, estaba seguro de que podría conseguir algún trabajo: profesor, entrenador, cosechador de naranjas, repartidor. Lo que fuese”. Lleva con él un cuaderno grande en el que empezó a redactar su propio libro sobre historia contemporánea, una obra de arte sobre la historia de los papas, sobre la historia de los reyes españoles, sobre la historia que le mantiene ilusionado. “No he vuelto a escribir en mi cuaderno. Viviendo así sólo me quedan los artículos. Aprovecho las bibliotecas públicas de vez en cuando: abro el worzzz ése y disfruto durante unas horas. Cuando cierra la biblioteca me despido”. Le pido leer alguno de sus artículos. Me ofrece los 50 céntimos que le quedan para que me fotocopie todos aquellos que me gusten. Agradecida les hago una foto.
Su mochila anda cargada de libros. Le confieso que la historia nunca fue mi fuerte. Me aconseja adentrarme en ella poco a poco a través de las biografías. Rescata de entre los pliegues de su única manta varias biografías de emperadores, de reyes, de políticos, de filósofos. E incluso un atlas histórico de España. No me lo cuenta, pero leo en uno de los recortes que guarda como oro en paño que ha aprovechado muchos de sus años de bonanza económica para recorrer España y leer para los demás un libro, siempre de historia, en muchas de las bibliotecas de la península. “Conseguí que mis chicos entendiesen cuánto se perdían si no leían. Eran humildes y buenas personas. Me sentía orgulloso de ellos”.
Quiere creer, pero sus ojos languidecen cuando me promete que no ha perdido la esperanza de salir de esa irrealidad. “No me importa morir en la calle. Pero me niego a rendirme sin luchar por algo que me pertenece: sólo quiero trabajar y no perder mi dignidad”. A su paso por la asistencia social sopló las velas de su 50 cumpleaños. Atónito asistió a la más cruda de las respuestas: “Si quieres algo sólo te queda mendigar”. “Ante todo soy persona”, respondió.
Para Iñaki la soledad abruma cuando los pilares fundamentales se desmoronan. “Tenía hambre y fui a la parroquia de Altabix para pedirles un simple bocadillo. Me respondieron: ‘¿Acaso ves algún bocadillo por aquí?’”. No tiene miedo a lo que llegue esta noche, o mañana. Pero se deshace en lágrimas cuando recuerda que, siquiera aquellos que airean sus bondades con el prójimo, le responden. Avergonzado por flaquear, me pide perdón. “Llorar limpia los poros de la cara y las impurezas del alma”, bromeo, mientras le coloco sobre su rodilla un paquete de pañuelos. Le ofrezco un abrazo pero no consigo sino ahondar en su desazón. “Saldrás adelante, Iñaki”. Él sólo asiente vagamente con la cabeza. Balbucea algo que después leo en sus artículos sobre la comparación entre perros e indigentes, y acierto a entender un “me gustan los perros, siempre son fieles”. Se recoloca las gafas sobre el puente de su burbujeante nariz y esconde la oreja que le quedaba al descubierto de su roto y sucio gorro. “Sí, yo también lo creo”.
Sentado bajo un pequeño balcón del Ayuntamiento de Elche, ve a aquel que inició su huelga de hambre hace meses a las puertas del Consistorio con su mesita de playa, sus sillas y sus allegados que le acompañan. Iñaki es ya un conocido de los policías locales. “Hoy me trataron muy bien” -sonríe tímidamente- “Me dijeron que podía quedarme aquí cuanto quisiese y me desearon toda la suerte del mundo. Saben que no soy un mendigo más. Sólo quiero que me hagan caso, quiero trabajar para no perder mi dignidad”.
El lunes tiene cita con una abogada. “Me dicen que soy terco, que debería dejar de luchar y pasar por el aro como los demás. Pero quiero denunciar. No me quedaré callado”. Ha repartido currículos para todos los trabajos posibles. “Tengo la esperanza de que un día recibiré una llamada. Pido poco, trabajo mucho. Sólo quiero ser capaz de vivir dignamente: trabajo, comida y cama”.
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